miércoles, 5 de marzo de 2008

De la Periferización a la Libertad… Del dolor al bien-estar… En la reflexión…
Que ve las grietas de nuestra alma social y las llena de amar


La periferización se refiere a la vez a un suceder de la convivencia y a un suceder psíquico que lleva al dolor y el sufrimiento de quien lo vive.
Al vivir integrado en una comunidad se vive en la armonía operacional y psíquica del sentirse parte de ella como un ámbito relacional donde se encuentra apoyo en la necesidad y sentido en el fluir del vivir y convivir. A esto nos referimos si decimos que “somos de ahí”, cuando nos referirnos a nuestra plena pertenencia a un ámbito de convivencia particular.
Sucede, sin embargo, que bajo ciertas circunstancias del vivir y convivir en una comunidad, algunos de sus miembros quedan excluidos de su operar armónico. Cuando esto sucede aquellos que quedan excluidos y son empujados hacia la periferia de la comunidad, viven un rechazo que sienten injusto y que genera en ellos dolor y sufrimiento, miedo o enojo y agresión. Esos miembros de la comunidad que han sido empujados a hacerse periféricos quieren volver a ella, y al no saber como, desde su dolor, sufrimiento, miedo o enojo, consciente o inconsciente, se alejan negando a la comunidad que quieren recuperar. A esta dinámica de exclusión relacional que genera dolor, resentimiento miedo y agresión en una comunidad, la llamamos periferización. Este no es un fenómeno exclusivo de las comunidades humanas, sucede en todas las comunidades animales en las que hay exclusiones discriminatorias ya sea por condición económica, geográfica, sexual o por edad: la periferización siempre genera dolor, sufrimiento, miedo o enojo y, desde el resentimiento, es camino hacia conductas que se viven como antisociales. Es más, esas conductas antisociales, pueden desaparecer si se restablece de manera “legítima”, esto es, según los hábitos propios de la comunidad, la pertenencia a ella.
En el ámbito humano la periferización es el resultado de nuestro vivir cultural presente que destruye, o debilita, el ámbito familiar como el núcleo humano acogedor y generador del aprendizaje del convivir social desde su fundamento ético (moroso) en el placer del convivir en que surge la co-inspiración del bien-estar del convivir democrático. En la periferización la persona pierde su centro relacional ético y de respeto por si misma, deja de amarse, y vive en la queja de haber sido tratada injustamente por la vida. Al perder su centro la persona se encuentra fuera de lugar, y deja de tener identidad relacional legítima, para buscar su realización desde la agresión fuera de sí.
La periferización como pérdida del centro relacional no sucede sólo en el convivir comunitario. Sucede también en el fluir del vivir psíquico cuando al no cumplirse algunas expectativas que uno tiene sobre si mismo, desde el dolor que eso genera acepta como validas conversaciones que lo descalifican asignándole una identidad que oculta y niega su sentir . Cuando así pasa, la persona se vuelve periférica con respecto a si misma, pierde su centro relacional, y vive su pasado como fundamento legítimo de su vivir un presente que la niega. Del mismo modo que la periferización que surge en el convivir comunitario desaparece o se desvanece si se recupera la legitimidad del propio vivir en la integración social desde el amar y el amarse, la reintegración al centro psíquico propio en el encuentro con la legitimidad del presente se produce al descubrir desde el amar y el amarse que es en el presente donde uno hace su vivir y no en el relato de la historia.
Es en el habitar inconsciente en la matriz biológica-cultural de la existencia humana en que nosotros hemos devenido históricamente en la clase de seres que somos como seres humanos. Y es donde precisamente hemos conservado transgeneracionalmente un modo de vida particular, que a su vez nos define como un linaje particular, en el cual la convivencia social ha sido conservada en la emoción del amar, cuya intensidad amorosa y convivencial ha hecho posible la aparición del lenguaje. Sin embargo, a pesar de que gran parte de nuestra historia humana conserve aún en muchas dimensiones este modo de vivir amoroso, como el modo de vivir que nos dio origen como seres humanos. La cultura matriarcal-patriarcal irrumpió como un modo de vivir que en gran medida ha roto las coherencias con que se vivía con el medio y se convivía con la comunidad humana a la que se pertenecía.
En consecuencia, como toda cultura es una red cerrada de conversaciones, que implica coordinación de haceres (lenguaje) y espacios relacionales (emociones), la configuración de mundo también cambia, estableciéndose mundos relacionales humanos centrados en la dominación, control, desconfianza, sometimiento, apropiación. Dimensiones todas que determinan el modo de relacionarse entre las personas, configurando el espacio psíquico donde todas estas dimensiones establecen una ruptura a la espontaneidad y a la confianza del vivir y del convivir humano.
Esta ruptura, no es simplemente una anécdota en nuestra historia humana sino que constituye el verdadero drama humano actual, que nos ha sumido en el dolor cultural, en dónde la negación pasa a ser la forma natural del convivir. Con ello el dolor es el resultado del modo de vivir cultural, que niega la amorosidad con que todos los seres humanos se orientan natural y espontáneamente.
Es desde este espacio psíquico de la cultura matriarcal-patriarcal que se generan las fragmentaciones o grietas del vivir de muchas personas, las cuales se les interrumpe drásticamente ya desde la niñez la posibilidad de seguir conservando una trama relacional centrada en el respeto, la confianza, la colaboración. Y, en la conservación del dolor en su vivir, son empujados niños, niñas y jóvenes a crecer en el periferia del habitar de la comunidad a la que por derecho pertenecen.
Y al no ser posible el vivir y convivir en el respeto, la confianza y la colaboración, su vivir se transforma según las circunstancias, en que la falta de respeto y negación pasan a ser el modo habitual de relacionarse. La conservación de este modo de vida se constituye a partir de la cultura raíz matriarcal-patriarcal, que restringe y altera la biología amorosa humana abriendo espacios en la periferia de nuestra comunidad para que surjan otras derivas humanas en las que resulta negada la conservación del amar.
Consideramos que la manera de salir de este drama existencial- cultural es posible a través del entendimiento de la matriz biológica-cultural de la existencia humana, que permite poner en acción un modo de mirar sistémico, en donde todo ser humano es considerado ante todo como un ser vivo que cursa un devenir histórico, donde su existir se da en tramas relacionales.
Este entendimiento puede guiar y orientar a la realización de acciones que permitan evocar dimensiones del vivir humano amoroso. Desde nuestro comprender es dable si sabemos movernos con las circunstancias adecuadas que permitan que se configuren tales espacios relacionales. Para ello, se requiere generar la trama de relaciones que permitan la presencia de las personas, para que estas puedan poder ver sus historias en la legitimidad de haberlas vivido (cualquiera hayan sido sus consecuencias), pero a la vez como única posibilidad para hacerse cargo de sus consecuencias, y asumir responsablemente su vivir en una comunidad que está también dispuesta a integrarlas nuevamente, pues su mundo psíquico emocional ha cambiado.
En resumen, no se puede desde nuestros fundamentos biológico-culturales cambiar el curso de las vidas sino se cambia la trama relacional en la que ellas se viven. Es decir, son las redes de conversaciones (cultura negadora) las que hay que cambiar para que las vidas se orienten a un vivir distinto, que las saque de la agresión, negación y hostigamiento entre quienes conviven de esa manera.
Todo cambio cultural ocurre como un cambio en la configuración del emocionar que define lo que se conserva, y por lo tanto lo que puede cambiar. Todo cambio cultural es un cambio en el emocionar.
Lo que queremos es un cambio cultural, pero si no sabemos que lo que define a una cultura es el emocionar que sus miembros generan y conservan con su vivir al vivir en ella, no podremos hacerlo. Y no podremos hacerlo porque pondremos nuestra atención en lo que queremos cambiar generando oposición, y no en lo que queremos conservar generando inspiración.
Ximena Dávila y Humberto Maturana
Instituto Matríztico
2008
"paramnesia, extrañezas del paisaje"
lienzo 4






















6 comentarios:

Malashicage dijo...
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Kalar dijo...

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